13 feb. 2009

DMAR

Sucedió en un cuarto de universitario. Era nueve de septiembre de 1996. Recuerdo la mirada que tambaleó mis entrañas, que duda aquella repleta de la certeza por el futuro de adolescentes ansiosos de experiencias.

Repaso la saya a cuadros, el corte de pelo cuadrado y el cutis de mujer de revista. No era una top model; pero sí exclusiva, llegó de la beca de Quintero, en el grupo de las muchachas de nuevo ingreso.

Transcurrió aquel instante como el flechazo de amor a primera vista, definido en los manuales del amor romántico.

Después de una cena universitaria llegó el momento de declararme. En la cocina decidimos fregar los platos y expuse tembloroso. El “sí” quedó para luego. Nunca lo hubo, ya no contaba; ambos estamos seguros. Aquel romance comenzó con las luces de nuestra alegría.

Vendrían los encuentros, los ayunos de amor –es verdad que existen-, las esperas angustiosas porque no llegaba la noche. Bajó el rendimiento académico, pero igual seguíamos nuestras caminatas nocturnas por cines, por las calles peligrosas del barrio de la loma quintero.

Éramos entonces recién conocidos. Adentrados en aquel mundo consumimos alcohol y amamos con la misma experiencia de la primera vez . Parecía eterno, pero algo comenzó a cambiar.

Una noche, de fiesta con alcohol de noventa, te molestaste, discutimos, y nos goleapeamos (Peleamos de amor). Aquel día me fui enojado.

Te fuiste un tiempo de la universidad y no regresabas hasta el próximo año.

Entonces llegaron cartas de amor –es verdad que existen- cartas y respuestas llenas también de amor. Vendrían tus visitas a mi mundo. Ahí fui malo, te dejé llorar, sufrir...

Ya no parecía eterno se quedaba en aquellos encuentros, se detuvo en aquellos besos que maduraron hasta que decidimos casarmos. Se acabarían nuestros sueños de eternidad vaticinan los más viejos.

Preparamos la boda con 600 pesos. 15 días antes anunciamos la ceremonia, al año nació Juan Pablo. Ahora desde 20 metros cuadrados nos sentimos dueños de la felicidad.

Nunca pensamos que fuera eterno; el amor no nos dejó tiempo para eso. Aquí estoy con el mismo nervio de que puedas escapar de mis entrañas y tu segura del tiempo hacia mí.


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La imagen inicial es una reproducción del òleo sobre tela Mujer de amarillo de José Antonio Rodríguez FUSTER. Se utiliza solo con fines periodísticos y fue tomada del sitio http://www.galeriacubarte.cult.cu/
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