26 may. 2009

80 años de una desolada carta para un Rey milenario

Por Yunior García Ginarte
yunior@rbayamo.icrt.cu

En 1929 fue escrita la Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen; entonces su autora era apenas una muchacha que tras un viaje por Egipto quedó hechizada por el milenario Faraón.

A ochenta años de escrita, propongo fragmentos de esa misiva a ti amigo o amiga que estas de paso por este blog; es solo para lleves estas líneas en tu memoria de viajero virtual.

Al decir del crítico español Antonio Oliver Belmás "la más desolada carta de amor que pueda escribir una mujer sobre la tierra”'. (1)

La propia poeta y narradora cubana diría: "… es casi un delicado juego poético, un encaje con los más sutiles hilos de la fantasía. Obedeció a una circunstancia especial, al súbito encuentro de una muchacha sensible, imaginativa, con una edad cuatro veces milenaria y con la exquisita criatura de esa edad...''(2)

Dulce María Loynaz sintió de cerca la poesía de la generación del 27, de la cual fue contemporánea. Fue amiga de Juan Ramón Jiménez y admiró la obra de García Lorca. Su mística novela Jardín y el libro de poemas Versos le aseguran un lugar destacado entre los autores de nuestra lengua. La Loynaz recibió el premio Nacional de Literatura en 1987 y el Premio Cervantes 1992. Falleció en la Habana el 27 de abril de 1997.

Fragmentos de la carta escrita en 1929 y publicada en 1957.

Joven Rey Tut-Ank-amen:

Ayer tarde –tarde de Egipto salpicada de ibis blancos- te amé los ojos imposibles a través de un cristal…
Y en otra lejana tarde de Egipto como esta tarde –luz quebrada de pájaros- tus ojos eran inmensos, rajados a lo largo de las sienes temblorosas.

Hace mucho tiempo en otra tarde igual que esta tarde mía, tus ojos se tendían sobre la tierra, se abrían sobre la tierra como los dos lotos misteriosos de tu país.

Ojos rojizos eran; creados de crepúsculos y del color del río crecido por el mes de septiembre.
Ojos dueños de un reino eran tus ojos, dueños de las ciudades florecientes, de las gigantes piedras ya entonces milenarias, de los campos sembrados hasta el horizonte, de los ejércitos victoriosos más allá de los arenales de la Nubia, aquellos ágiles arqueros, aquellos intrépidos aurigas que se han quedado para siempre de perfil, inmóviles en jeroglíficos y monolitos.

Todo cabía en tus ojos, Rey tierno y poderoso, y todo te estaba destinado antes de que tuvieras tiempo de mirarlo… Y ciertamente no tuviste tiempo.

Ahora tus ojos están cerrados y tienen polvo gris sobre los párpados, más nada tiene que ese polvo gris, ceniza de los sueños consumidos. Ahora entre tus ojos y mis ojos, hay siempre un cristal inquebrantable.
.....................
Joven Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años: déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.
A ti las digo, Rey adolescente, también quedado para siempre de perfil en su juventud inmóvil, en su gracia cristalizada... Quedado en aquel gesto que prohibía sacrificar palomas inocentes, en el templo del terrible Ammon-Ra.

Así te seguiré viendo cuando me vaya lejos, erguido frente a los sacerdotes recelosos, entre una leve fuga de alas blancas...

Nada tendré de ti, más que este sueño, porque todo me eres vedado, prohibido, infinitamente imposible. Para los siglos de los siglos tus dioses te guardaron en vigilia, pendientes de la última hebra de tus cabellos.

Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche... Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus diecinueve años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor.

Pero no me esperaste y te fuiste caminando por el filo de la luna en creciente; no me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque, cargado de los juguetes con que aún no te habías cansado de jugar... Seguido de tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas...
Propuesta:
«La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del faraón.»La maldición de Tutankamon. (Leer +)
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