19 mar. 2010

Adiós a la Beca


La necesidad puso, hace unos pocos meses, el inicio del punto final a la larga historia de los preuniversitarios en el campo. Los pre, como les llaman todos sin temor a equivocarse ni a ser mal entendidos, nacieron en otro momento de la Revolución, con otras ideas e ideales, y pasaron de moda a ser poco funcionales y derrochadores.

Con lo vilipendiado que fueron por padres y alumnos, sobre todo los domingos en los que había que correr para el punto de recogida con el sol rajando las piedras y los matules que, con mucho esfuerzo, lograba reunir la familia en una semana para que el “niño, pobrecito, no pase hambre”, hoy muchos salen en su defensa.

A fin de cuentas, ser becado, sí porque desde la primera vez que uno pone el pie en alguna de esas escuelas pasa a esa categoría que en el diccionario popular equivale a muchacho formador de grupitos, con la maldad en la cabeza y el estómago en perenne estado de desolación, también tiene sus ventajas.

Las cosas buenas son de parte y parte. Para los muchachos, la nueva vida era la libertad a pesar de los maestros y las tías, de los sistemas de pase cada quince o veinticinco días que podían reducirse si aparecía un turno médico, el cumpleaños o, en mi caso, la colchita de trapear que prometía para limpiar el albergue, la comida que sabía rayos, si por lo menos llenaran la bandeja…

Era, para los muchachos, la oportunidad de soltarse de las faldas, de luchar por novias en medio de una selva con sus reyes y leyes, de aprehender esas cosas que se aprenden en la escuela y esas otras que no se cogen en un aula tradicional.

Para la familia significaba el respiro, la tranquilidad al suponer que tenían ubicado al muchacho, pensamiento que en la práctica era más pretensión que realidad, el orgullo de ser madre de un buen estudiante, si era el caso, o el agobio de los viajes repetidos hasta el pre, si el chiquillo era de los buscapleitos, con lo malo que está el transporte.

También para la prole, el trabajo de ir acopiando de poquito en poquito las chucherías de la semana, el dulce, el pedacito de carne que por arte de magia sobrevivió a las urgencias de los que se quedan en casa, los 10 pesos para la merienda, los chismes con lo último del barrio desde el sábado que tuvo pase, todo para llenar la jaba generosa de los domingos.

Lo malo es malo mientras se sufre, porque al recuerdo casi todo llega como chiste, como el “¿te acuerdas cuando nos daban el de pie media hora antes, o el desayuno fue té con pan duro, y se pasó una semana sin agua y todos nos aseábamos con un cubito de agua, salvado de milagro de una cisterna con sapitos?”, como dije yo misma una vez.

Pero la verdad es que no todo era tan lindo y no hablo sólo de economía. La multitud del pre, más de una vez, anuló necesidades y la moral individuales, sumando personas sin consenso a lo que seguía al horario de la educación, cuando los profesores de guardia apagaban la luz y la vigilancia se circunscribía a los pasillos.

Entonces, otro mundo surgía, instintivo y sin máscaras, en los albergues o sus alrededores. Era la hora de la sexualidad descubierta a malos ratos por el temor de ser sorprendidos, de los cuerpos compartiendo temores, malos sueños y problemas estomacales, los malos vicios y costumbres de algunos socializadas entonces como lo más normal del mundo, la ley del diente por diente, de las noches en vela conversando de cualquier cosa, de las fugas a un rumbón en algún pueblo cercano.

Se perdieron, también con la libertad que da el abismo numérico entre los profesores y un ejército de mentes jóvenes e intrépidas que instituyen como deporte encontrarle la trampa a cada ley, la educación que por generaciones acunó la familia, mucho antes de que la instrucción fuera derecho de todos los cubanos.

Mucho de esa pérdida de valores que se inmiscuyó dentro del discurso político, periodístico y social de la década de los noventa y principios del nuevo siglo, es atribuible a ese libre albedrío de los pre, según lo veo.

Tampoco, si vamos a decirlo todo, se cumplía efectivamente el principio de vinculación entre el estudio y el trabajo que, sobre bases martianas, pretendían estos centros docentes, al menos no del trabajo que quiere frutos y en ello pone esfuerzos, más bien del guille, del cumplir y hacer la media en el surco, mientras los profes vigilan, pues después vendrá el perderse a robarle frutos al monte.

Lo otro es material para economistas. Los enormes gastos en la transportación de los profesores, en salario de docentes y trabajadores de servicio, en el abasto del agua que muchos de estos centros recibían por medio de pipas, el aseo escaso pero presente así fuera de Pascuas a San Juan, la comida que muchas veces engordó los animales de la escuela o los del vecino, la electricidad…

También se reducen considerablemente los corre corre por los brotes de catarro, conjuntivitis, males del estómago y todo lo que se perdía por ahí.
Claro, la generación que nos sigue no sabrá de muchas cosas. Para ellos, será de otro mundo el pan con timba a las dos de la mañana, las maldades siniestras de los días de cumpleaños, la pasta de dientes en la cara del dormilón, las ruedas al muchacho para que cuente su última conquista, invariablemente desde su papel de gallo del gallinero, de las noches sin electricidad en que surgían las leyendas de la vieja taconúa y el ahorcado que salían por la noche, campear por los aleros…

Otros serán sus recuerdos. Cada uno a lo suyo y con lo suyo, dirían algunos y los sigo, mientras las becas del pre, amadas y maldecidas, se van quedando en la memoria.
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